Murió mi tía.
Eso, nomás.
Desde que Leandro me pidió que fuera su novia, el resto de las cosas comenzaron a fluir mágicamente. O mejor: dejaron de importarme…
En mi casa, mi madre suspira preocupada todo el día, porque mi tía no mejora. La vieja, por su parte, me dice cosas espantosas cada vez que me ve. Y mi viejo se queda hasta cualquier hora en el trabajo, para no ser parte de la comedia. Yo los miro a todos como si fuera, justamente, la novela de las cinco: desde afuera, comiendo pochoclo imaginario, y divirtiéndome pensando en lo que va a ocurrir después.
Mi fantasía más recurrente es que la tía estira la pata, y nos deja a Rodri y a mí toda su herencia. El otro día se la conté (a Rodrigo, no a la vieja!), y nos pusimos a hacer planes para el dinero que recibiríamos. Empezamos con un convencional viaje por toda Europa, y terminamos muertos de risa, diciendo cosas como “una casa igual a la de Los Simpsons”, “homenaje a tipo ese de los cocodrilos” y “carrera de cantante”.
En el trabajo, la voz de Natalia dejó de molestarme, y las ideas de mi jefe empezaron a parecerme geniales. Ni siquiera me altera el recurrente malhumor de Mauro, o que Ezequiel se cuelgue hablando con alguno de los chicos de su banda, mientras yo hago el laburo de los dos.
De nuevo en el (des)orden familiar, y ahora que más o menos entendió que no le voy a hacer caso, Rodrigo parece estar dispuesto a vernos al español y a mí tomados de la mano. Todavía no tolera besos ni expresiones cursis, pero eso -en su cabecita de hermano guardabosques- siempre fue un problema. Este jueves hacemos dinner & movies: el español cocina paella, y estamos bajando la última temporada disponible de The Office.
En cuanto a las chicas, cada una ya tomó partido. Excepto Noelia, que sigue hablando de su casamiento hasta por los codos. Este viernes nos vemos. Ellas, Leandro, y yo. Whish me luck.
El viernes, mientras me preparaba un café con la voz chillona de Natalia oficiando de cortina musical, me llegó un mensaje de mi hermano:
Batracio, hoy la llevan a la tía a casa. Tomate un mojito y que se pudra todo.
Primero pensé que era una broma, una de mal gusto, pero broma al fin. Pero enseguida me llamó mi vieja, para confirmar la noticia y pedirme (otra vez) que me comportara civilizadamente.
Paula
Mamá, la que no se va a comportar civilizadamente es la vie… la tía
Madre
Ay, Paulita, pero es una señora mayor! Y con todo lo que pasó en la vida…
Paula
(interrumpiéndola, antes de que volviera a empezar con su discurso lacrimógeno)
Basta, mamá. Ya hablamos de esto. Ya te prometí que me iba a portar bien. Ahora te corto, tengo que trabajar.
…
Cuando llegué a mi casa, la vieja estaba instaladísima, y dando órdenes. Resoplando por lo bajo, me encerré en mi habitación. Prendí la notebook, y me conencté al MSN para descargarme con el primer contacto que se me cruzara.
Pero cuando inicié sesión, me encontré con una ventanita que decía, toda simpática y titilante:
leandroelespañol quiere agregarlo como amigo
aceptar rechazar
Mientras en la oficina nos divertíamos con la acefalía momentánea, el resto de mis cosas se preparaba para empeorar.
La tía seguía internada, y mi mamá continuaba con los preparativos para mudarla a mi casa. Cada vez que yo intentaba discutir el tema, me frenaba poniendo ojos llorosos y recordándome cómo su querida tía la había cuidado cuando su mamá (mi abuela) murió, y su papá (mi abuelo) se encerró en su mundo de leyes y expedientes.
Leandro había desaparecido. Consideré aparecer en el hotel donde se está hospedando, o pedirle a Rodrigo que lo invitara a nuestro jueves de cena y cine, pero desistí. Si quería verme, que me buscara. Era él el que tenía problemas con nuestra relación. Yo quería que las cosas fueran simples. Él las complicaba.
…
El viernes a la mañana, con el regreso de Gonzalo y Natalia, las cosas volvieron a la normalidad en la agencia. Y el resto… se terminó de complicar.
Cuando mi hermano me contó los planes de mi querida madre, me puse como loca. Primero, porque era completamente innecesario. Segundo, porque mi tía es, en el mejor de los casos, insoportable. Y tercero, porque no me habían preguntado antes de decidir, y yo soy su hija, no una pensionista.
Sin embargo, para cuando mis viejos volvieron de la clínica, Rodrigo había logrado calmarme (diciendo cosas horribles acerca de la esperanza de vida de la vieja) y no les dije nada. En lugar de eso, me fui a la cama temprano y me comí un chocolate tamaño industrial, mientras miraba por enésima vez The Notebook, en la notebook.
…
Al día siguiente, lunes, tenía que pasar a visitar a un cliente antes de ir para la agencia, así que cuando llegué todos estaban enfrascados en su laburo. Todos menos Natalia, que corría alteradísima de un lado para el otro, revoleando carpetas.
Natalia es la pesadilla de cualquier persona creativa: contadora, cuadrada, y con cero imaginación. Se encarga de la parte administrativa de la agencia, pero actúa como si fuera la dueña. Es metida, mala onda, y -por sobre todas las cosas- muy buchona. Por lo general, Gonzalo (el dueño de la agencia, nuestro jefe) no le da pelota cuando va con chismes, pero tampoco le corta el mambo, así que ella va por la vida creyéndose el pilar fundamental de la empresa.
Mientras prendía mi computadora, le pregunté a Gabi, una de las diseñadoras, qué estaba pasando.
Paula
Gabita, que carajo le pasa a esta? Por fin se deschavetó del todo?
Gabi
(sonriendo mientras agitaba dos dedos)
No, Gonzalo se va de viaje, y se la lleva… por dos días completos!
Paula
Che, va a ver clientes nuevos?
Gabi
Sí, creo que sí
Paula
A convencerlos o a perderlos?
Todos en la oficina (somos seis, más Natalia, más Gonzalo) festejaron la gracia, pero -más que nada- todos festejamos el hecho de que, por dos días, tendríamos un poco de paz.
Miré a mi hermano para que me explicara que estaba pasando, pero fue mi viejo quien habló.
Padre
Hoy tu madre fue a visitar a Elsa, y la encontró en el piso…
Paula
(interrumpiendo con poquísimo tacto)
Muerta!?
Padre
Paula, por Dios, no! La tía tuvo un infarto, tu madre llegó justo… está en terapia
Paula
Bueno, pero entonces va a estar todo bien, mamá. No llores así!
Madre
Vos no sabés lo que fue, hija… horrible, Paulita, horrible!
Haciéndome la buenita, le sugerí que se diera un baño y se acostara. Mi hermano le recomendó tomar el tranquilizante que le había recetado el médico, pero ella seguía empecinada en permanecer en estado de turbación.
…
Un rato después, mientras mis viejos se iban para la clínica, Rodrigo me señaló la escalera, y subimos a mi habitación.
Paula
Che, que ganas de armar quilombo… Yo pensé que era grave, cuando vi que mamá lloraba. Seguro que la vieja se salva y sigue rompiendo las pelotas un par de años más
Rodrigo
(conteniendo la risa)
Bueno, en realidad, sí es grave, hermanita… El médico le dijo a los viejos que la tía no puede vivir más sola…
Paula
Y? Hay doscientos geriátricos acá. La tía tiene un hijo, que mande plata y la internamos
Rodrigo
Tu madre no quiere
Paula
No quiere qué? Que Daniel mande guita? Que la ponga ella, entonces!
Rodrigo
No, nena. No la quiere meter en un geriátrico, ni dejarla en su casa con una enfermera. Dice que la van a dejar morir y le van a robar todo…
Paula
Entonces?
Rodrigo
Entonces, Paulita, pre –pa – ra – te, porque la tía Elsa se viene a vivir acá. Ya le están acomodando la pieza de abajo.
Absolutamente todas las veces que íbamos a la casa de mi tía Elsa, la vieja hacía el mismo numerito: me pellizcaba los cachetes, me regalaba un caramelo de menta todo pegoteado, y me preguntaba ¿qué vas a ser cuando seas grande? La respuesta, como suele pasar cuando uno es chico y se da mucho permiso para fantasear, fue mutando con los años. A los cinco, por ejemplo, quería ser bailarina. A los ocho, exploradora. A los diez, médica forense o detective.
Por supuesto, esas fantasías rara vez tenían algo que ver con mis habilidades: soy por demás patadura, detesto ir de campamento, y no puedo siquiera mirar esas películas donde la gente termina cortada en pedacitos y haciendo bulto en el tacho de basura.
Cuando terminé la secundaria, mis viejos me dijeron que irme a estudiar Letras no era una opción, por mucho que mi profesora de Lengua y Literatura insistiera. Así que agarré los folletos de las carreras que sí estaban en consideración, aparté todas las que tuvieran más de dos materias numéricas, y elegí la que menos ganas de llorar me daba: publicidad.
Por patético que suene, así elegí mi carrera: por descarte, porque en alguna parte del folleto mencionaba algo acerca de la importancia de la creatividad, y porque en casi todos los semestres aparecía una materia de tenía que ver con la redacción.
Ahora, con 28 años, me quiero morir: no me gusta lo que hago, me harté de redactar copys, y cada vez veo más y más lejos la única fantasía de mi infancia que conservo: la de los doce.
“Cuando sea grande quiero ser… escritora!”